El suicidio sigue siendo la última frontera de la hipocresía. Todo el mundo habla de libertad,
hasta que alguien decide ejercerla por completo. Ahí se acaba el discurso, se baja la voz, se
cambian las palabras. Nadie dice “eligió morir”. Dicen “una tragedia”, “una pena”, “un caso de
salud mental”. Todo para no decir lo que en verdad los aterra: que alguien tomó una decisión que
no encaja en su idea de orden.
Porque sí, es una decisión. Y aunque duela, aunque nos rompa, aunque no estemos de acuerdo,
sigue siendo una forma de libertad. No una libertad luminosa, ni heroica, ni romántica. Una
libertad desesperada. Pero libertad al fin y al cabo.
El problema no es el acto, es lo que revela.
Muestra una grieta que nadie quiere ver: que a veces la vida no basta, que hay mentes que se
vuelven cárceles, cuerpos que se vuelven insoportables, días que no se terminan nunca.
Y frente a eso, el mundo solo sabe responder con dos reflejos: el juicio o el silencio.
Los mismos que repiten “cada uno es dueño de su destino” son los primeros en escandalizarse
cuando alguien lo lleva al extremo.Los mismos que claman por autonomía del cuerpo, por
derechos individuales, se horrorizan ante la idea de que alguien elija dejar de sufrir.
Porque aceptar esa posibilidad implica asumir algo mucho más incómodo: que hay vidas que el
sistema no sabe contener, que hay dolores que la medicina no cura, que hay gente que
simplemente no aguanta más.
Y sí, ojalá nadie tuviera que llegar a ese punto. Ojalá la decisión de morir no fuera una opción,
sino un pensamiento lejano. Pero no vivimos en ese mundo. Vivimos en uno que te exige rendir
incluso en tu tristeza, que te aplaude la resiliencia mientras te exprime el alma. Y cuando alguien
se quiebra, lo llaman débil, lo etiquetan, lo patologizan. Nadie dice: “Quizás lo entendió mejor
que nosotros.”
No, no estoy diciendo que haya que celebrarlo. Pero hay que respetarlo.
Porque la libertad también incluye el derecho a decir basta.
A veces no hay más salida. A veces la salud mental no te da tregua. A veces el dolor
simplemente no cede. Y cuando eso ocurre, no hay discurso motivacional que lo arregle.
El suicidio no es cobardía.
Es una rendición ante un enemigo invisible que muchos ni siquiera reconocen.
Es una forma terrible, sí, pero también humana, de recuperar control.
Así que no me hablen de egoísmo.
Egoísta es el mundo que exige aguantarlo todo.
Egoísta es el sistema que romantiza la resistencia pero castiga la vulnerabilidad.
La elección de morir no define a la persona. Define el límite de una sociedad incapaz de escuchar
a tiempo. Y aunque sea una lástima, y aunque me parta escribirlo, hay que aceptarlo: a veces la
única libertad posible es irse.
Lo mínimo que podemos hacer los que quedamos es no mirar hacia otro lado la próxima vez.
Escrito por: Yerko Bravo – Columnista En Llamas





